Julio de 2025 ha sido un punto de inflexión en la relación entre ética académica e inteligencia artificial generativa (IAG). La irrupción de herramientas como ChatGPT (modo estudio), Gemini (Gemas) o Claude (artefactos) en los procesos de producción académica —especialmente en niveles de posgrado— nos obliga no solo a permitir o prohibir su uso, sino a pensar pedagógicamente cómo formar sujetos que usen estas herramientas con criterio, responsabilidad y creatividad.
Este documento, titulado Política de uso de Inteligencia Artificial Generativa en actividades académicas (versión 6.0) (versiones en español e inglés), surge como respuesta y evolución de experiencias previas en aula, investigaciones sobre el impacto de la IAG en educación superior y diálogo con colegas que exploran caminos similares. La política no es un simple reglamento: es una invitación a pensar mejor el aprendizaje con tecnología.
De dónde nace esta política
La propuesta se estructura a partir de dos pilares. El primero es la práctica docente directa, que muestra cómo los estudiantes no siempre tienen claridad sobre cuándo, cómo y para qué usar estas herramientas, generando tensiones entre uso legítimo y dependencia excesiva. El segundo es la inspiración en la AI Assessment Scale (AIAS) de Perkins, Furze, Roe y MacVaugh (2024), que clasifica cinco niveles progresivos del uso de IA en tareas académicas.
Sin embargo, más que trasladar dicha escala al aula, quise transformarla en una herramienta dialógica, adaptable y situada, pensada no para evaluar desde la sospecha, sino para guiar el desarrollo de competencias críticas, reflexivas y éticas.
¿Qué ofrece la política?
La política se organiza en seis secciones que pueden aplicarse, adaptarse y replicarse en múltiples entornos académicos:
- Fundamento ético y pedagógico: posiciona la IAG como herramienta, no como sujeto, y enfatiza el rol activo del estudiante.
- Cinco niveles de uso permitidos: se articulan en forma progresiva desde el no uso hasta la exploración creativa, cada uno con sus expectativas de resultado y requisitos de transparencia.
- Pautas para su uso consciente: promueven el pensamiento crítico, la autoría intelectual y la mejora continua del diálogo con la IAG.
- Modelo de declaración de uso: estandariza la forma de explicitar el acompañamiento de la IAG en los trabajos.
- Recomendaciones éticas mínimas: advierten sobre los riesgos de citas falsas, sesgos y falta de juicio propio.
- Cultura de exploración compartida: cierra con una invitación a documentar, compartir y discutir los hallazgos individuales y colectivos con estas tecnologías.
¿Qué la hace diferente?
Esta política no impone un “uso correcto” único de la IAG, sino que reconoce la diversidad de contextos, niveles de experiencia y objetivos de aprendizaje, dando al estudiante la posibilidad de elegir el nivel de uso según su criterio y capacidades, siempre que lo declare de forma transparente. Esto es clave en escenarios de posgrado, donde se espera mayor autonomía intelectual.
Asimismo, no demoniza el uso intensivo de IA, siempre que se use con sentido crítico y autorregulación. Al contrario, legitima el uso pleno y creativo como parte del proceso académico, en sintonía con la idea de que la IA puede ser un catalizador de innovación, no un atajo para evitar pensar.
Valor frente a la escala de Perkins y Furze
Mientras la escala AIAS fue concebida como una herramienta de evaluación, esta política se propone como un marco pedagógico formativo y reflexivo. Integra el componente ético desde la base, articula criterios de transparencia explícitos y promueve el diálogo entre estudiantes y docentes como parte del uso responsable.
Además, incluye una dimensión adaptativa, permitiendo que cada estudiante o grupo adapte las pautas según su disciplina, nivel de dominio o propósito. Esto es particularmente útil en maestrías interdisciplinarias o con estudiantes provenientes de diversos campos profesionales.
¿Cómo se puede usar?
Esta política puede integrarse:
– Como parte del syllabus del curso, especialmente en la sección de criterios de evaluación e integridad académica.
– Como guía para autoevaluación del trabajo con IA.
– Como recurso para talleres formativos sobre alfabetización digital crítica.
– Como insumo para comités de ética o normativas institucionales, especialmente en universidades que estén formulando declaraciones propias.
Además, el documento fue transformado en un folleto visual de fácil distribución, pensado para que su lectura y apropiación sea ágil, clara y pedagógica.
Conclusión
La pregunta no es si debemos usar la IA en el aula, sino cómo hacerlo para enriquecer el aprendizaje, fortalecer la ética académica y expandir la creatividad. Esta política ofrece una ruta posible, situada, dialogante y perfectible. Está disponible para quienes quieran replicarla, adaptarla o discutirla. Porque en la educación superior del presente, no se trata de prohibir la IA, sino de formar sujetos capaces de convivir crítica y creativamente con ella.
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