Estamos por comenzar un nuevo ciclo académico, y en el camino encontramos, recogemos otras miradas… Comparto unas líneas “entre paréntesis”, que surgen a partir de algunas experiencias de cursos, capacitaciones y escenarios en los que me he encontrado -estoy seguro de que usted también, o si no, prepárese- y que recuerdo en este campo de la formación docente y de docentes. La he titulado:
“El aburrimiento académico no se disimula con PowerPoints ni doctorados.”
En ocasiones nos encontramos en escenarios en los que prima una especie de fatiga de realidad. Cada vez que se habla de inteligencia artificial en educación (o de tecnologías digitales, debo decir en mi campo), reaparece la misma letanía: ética, pedagogía, alfabetización digital, sostenibilidad, evaluación, humanismo, inclusión, competencias, gamificación, infoxicación, pensamiento crítico, decolonialidad, y la lista sigue como si repetir palabras claves equivaliera a saber algo. Se invocan conceptos sin haberlos vivido ni cuestionado, o sin invocarlos con mayor noción o interés que el de vender algún nuevo libro, programa, convenio o el simple hecho de querer ser “marca”. Se presentan marcos de referencia como si eso bastara para formar criterio o transformar aulas. Se titulan talleres, se desarrollan monólogos. Y en medio de todo, el tedio.
Sí, ya sabemos que los estudiantes se desconectan mentalmente a los tres minutos. Pero, ¿y los profesores? Hace años que muchos no se conectan ni al tema ni a la audiencia. Exceso de títulos, ausencia de estilo. Cursos donde abundan las credenciales y escasea la estrategia, la oratoria, la claridad, el ritmo. No es un problema de tecnología, es de sentido. Y de sentido común.
Por favor, no se necesita una cátedra más para decir lo que no se va a aplicar. No hace falta un simposio para confirmar que los “referentes” hablan sin haber intentado enseñar algo distinto a lo que ya dominaban. La integración de inteligencia artificial no es un mantra ni una excusa para llenar agendas. Es una posibilidad. Pero para eso hay que dejar de teorizar y empezar a hacer, a experimentar con rigor, sin miedo a equivocarse.
Yo trato de evitar estos escenarios como asistente, a veces sin éxito. En mi docencia este semestre (no importa cuando lea esto) seguiré evitando promoverlas, sé que es muy diferente una experiencia de tres semestres a la misma experiencia todos los semestres, también por salud mental; alguna resonancia obtengo. Estoy seguro de que la experiencia educativa no necesita más solemnidad: necesita ideas que respiren.
¿Has vivido una experiencia similar? Qué haces para “sobrevivir” a ellas.
¿Serán acaso inevitables?


